jueves, 25 de diciembre de 2014

Noches de rutinas e inviernos fríos.

Brillaban ya las estrellas entre tanta ciudad y tanta oscuridad, y eran tan solo las seis de la tarde.
El invierno con sus noches y sus días estrellados, estrellan mis esquemas y confunden mis añoranzas, demostrándome que ni si quiera yo tengo la certeza de a quién van dirigidas mis lágrimas.
Y es que mis inviernos son una continua rutina:
Mañanas que desesperan a la propia esperanza y rompen mis horas de sueño.
Tardes dedicadas a preguntarme qué hago aquí, a dónde voy, pero nunca de dónde vengo.
Noches anhelando las dulces respuestas de la razón, que se perdió junto a mi cordura.
¿Por qué solo tú rompías mis inviernos? Convirtiéndolos en constantes Agostos en tu cama, y dejándome frente a este inaguantable frío sin ti; cargabas mi rutina de sorpresas y ganas de vivir.
Y ahora, solo me rompes este humilde y esquizofrénico corazón con palabras que nunca salieron de tu alma, que tan solo eran monedas de cambio para tenerme en tus brazos durante el tiempo suficiente como para volver a dejarme en una espiral continua, un laberinto sin salida.
Rompo tus cadenas con un grito de reflexión y junto a la persona que más odias en este momento porque no te deja cumplir tu objetivo, bajo un mar de dudas y aun así lo rechazo, son solo palabras, capullo, quiero vivir.
Y volví a la rutina.
Volví a los inviernos fríos.
Volví a mirar las estrellas,
pero esta vez,
ni si quiera deseaba que estuvieses aquí.

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