Hay días que me levanto y me miro al espejo, observo a ese reflejo repleto de ganas de comerse el mundo.. Pero, ¿y el resto de días? Desde dentro, no es tan fácil.
El resto de días, temo que el mundo tire este gran muro de hormigón, y vean a la niña vestida de luto que llora desconsolada buscando soluciones tras él.
Como esa enorme armadura de acero, del mejor acero del mundo, que por apariencia aguarda un ser destructivo de mirada profunda, y en realidad, solo hay un pequeño ser confuso que estalla en llanto cuando cubre sus ojos.
Como si en la carrocería de un 4x4, hubiese realmente un Mini en su interior.. Es patético, es una pantomima.. Soy esa pantomima.
El resto de días temo que mi mente me debore, que realmente, me entierre en soledad.
No sé si a disgusto, pero puedo decir, basándome en experiencias, que el ser humano abraza con fuerza para que el puñal llegue con la mayor profundidad posible, y más me sorprende ver el disfrute posterior al ver como la sangre se derrama lentamente, dejando pequeñas huellas que harán al herido un ser desconfiado, un ser ruin y cruel, un verdadero homo-sapiens.
Temo descuidar a mi familia, perder el sol que me guía y el abrazo de "no te enfades", y rezo al inexistente para que los mantenga vivos y respirando aun que yo tenga que pagar por ello.
Más me gustaría temer a los tigres, pumas, o cualquier tipo de felino, a los insectos, a las serpientes, o temer a la muerte. Pero me tocó temer a la vida, al ser humano, a mi propio cuerpo, a mi propia mente.. A esto me ha enseñado el mundo.
A temer cada decisión, cada cambio, a temer cada paso en falso, cada falso que da un paso, a temer mis ideas, mis idas y venidas..
No temo al mundo, si no al que lo habita, pero mi peor temor, es la piel que habito.
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