jueves, 13 de junio de 2013

Jueves noche.

Jueves noche, con gafas de sol empañadas y empeñadas en que el sol se había ido, no me importaba. Andaba muy lento, veinticuatro grados noche y todos los locales estaban cerrados. Llegaba tarde pero, ¿quién no ha deseado caminar por pleno Madrid al tiempo perfecto? No tenía prisa, un deseo vale más que unos minutos. Era de noche, y la luna no estaba en su máximo explendor, al menos brillaba, lo que me llevó a pensar la de veces que no hemos estado en nuestro estado máximo de éxtasis, sin embargo brillábamos como nadie. Vamos de la mano, ¿qué más puede pasar? Que en nuestros cascos suenen canciones lentas no quiere decir que no podamos caminar despacio, de noche, y sonriendo.
Con el corazón increíblemente caliente y la cabeza congelada, mas no nos importaba.
¿Y qué más dará el frío de nuestra cabeza y el arder de nuestro corazón? Tenemos una vida para ponerlos a temperatura ambiente y quince segundos para demostrar que no hay freno. Distancia y tiempo y exámenes, pero ante todo, poca prisa, eso es lo que de verdad importa.
Brilla como la luna aun que no esté llena, tenemos tiempo de llenarla mientras no nos importe lo que nos rodea, pequeño, ya te avisé que sería tu dulce introducción al caos.

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