domingo, 6 de octubre de 2013

Jamás busqué que me entendieran.

Uno de esos días de lluvia. Nostalgia, oscuridad y soledad, placentero.
Ese vicio de sudaderas anchas, tabaco, auriculares y paseos. Observar como las gotas de lluvia se acumulan en la mano que sujeta el cigarro, como mi capucha se cala poco a poco, y yo intacta.
Sinceramente, la historia siempre es la misma. Salgo de casa, y camino lento, al compás de la música, subo el volumen, hasta que no pueda más, que me sangren los oídos, que vibren mis neuronas. Noto como caen, gota a gota sobre mi ropa, y sigo caminando, esquivando esas miradas que se preguntan por qué hago eso, malditos ilusos sin respuestas. Me siento en un soportal, de cara a la lluvia, y lio un cigarro. Me lo coloco entre los labios, y observo como la llama del mechero prende el papel lentamente, mientras le doy la primera calada. Aspiro nicotina, expulso mis problemas.
Sigo caminando, me da igual donde acabe, el caso es saber volver, pero me encanta ver como ando yo sola, y casi nadie entenderá nunca mi aprecio a esos momentos de soledad.
La música sigue sonando, las mismas canciones lentas, al mismo volumen. Mi cigarro en el suelo junto un par de temas que tenía pendientes con nostalgia, mas ya esta todo aclarado. Me detengo, disfruto un poco más de la lluvia, y segundos más tarde, me doy media vuelta y camino de nuevo hasta mi casa.
Nunca nadie entenderá qué placer encuentro en calarme y dejarme los oídos en canciones lentas, pero tampoco espero que lo entiendan. Tan solo disfruto de cada gota, cada calada, cada compás, cada paso.. Cada puto momento de soledad bajo la lluvia.

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