A veces, despierto y sigo soñando.
Sueño que te tengo al lado, sueño que me acaricias, y con una voz muy suave me dices que abra los ojos, que el mundo tiene algo nuevo para mi.
Si, creo en el destino, en los caminos que se cruzan, en algunas de las casualidades, pero ante todo, creo en ti. Creo que no fueron todos esos besos los que me engancharon, ¿a caso un cocainómano se engancha más a la tercera que a la cuarta? Si a la primera, ya me estaba enganchando.
Te he tenido más veces en mi mente que enfrente, y en mi cabeza decías con esa voz que me paraliza el pulso: Deja de ser tu, dejaré de ser yo, lo prometo; seamos nosotros.
Pero tras esto, vuelve la guerra entre corazón y razón, cómo uno busca mirar al acantilado que comienza en el lóbulo de tu oreja y acaba en tu clavícula, y lanzarme; cómo una busca una venganza, y la otra, localizar cada una de tus venas, cada uno de tus lunares, besarles como una descosía, mirarles.
Todavía recuerdo cuando sarcástica te decía que quién te creías, ¿el centro del mundo? Pues no sé si de este lo serás, pero desde luego en el mío formas mi gravedad, mi lluvia, mi sol, mis días nublados y fríos, y los más desagradables veranos.
Te quiero: aquí, mucho, conmigo, ahora, ver, abrazar, contar cosas... Pero lo que más deseo, es besarte.
domingo, 31 de agosto de 2014
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario