Me terminé el cigarro con una intensa y efímera calada que permitió a mis dedos sentir el calor que este dejaba. Lo apagué sosteniéndolo entre los dedos y apretándolo contra aquel cenicero de metal. A cada parpadeo, me parecía soñar, y aún intentando dejar de hacerlo, cada vez era más y más intenso.
Un instante tan simple como una mirada que probablemente duraría tres milésimas de segundo, que se grabaron en mi mente y se reproducían una y otra vez como la mejor película de la cartelera; mas lo que fallaba, es que esta vez, la única espectadora, era yo.
Levanté mis brazos estirándo mi cuerpo, tratando de disimular así el mantener mis ojos sellados durante más tiempo para revivir una y otra vez esa luz que tus ojos me proporcionaban, pero de qué serviría engañarme a mi misma.
Me levanté rápido, y con esto, el mareo que a todos nos da y como nos nubla la vista, esta vez no aparecías tu, aparecía tan solo eso, niebla. Pero aún así seguí caminando hacia el asiento más cercano y a la vez más lejano de esa cocina y esa sala de estar en la que llovían cada vez más recuerdos, y yo aquí, sin paraguas.
Esta vez en mi cama, quitando tu constante ausencia, me acompañaban mis cascos y la brisa de un ventilador viejo. El odio hacia el verano y el amor hacia la soledad también andaban por allí, pero apenas levantaban la voz.
Solo pedía revivir ese instante más allá de mi imaginación, rezar y no a vuestro querido Dios (que tantas veces me abandonó) el saber valorarlo en el hipotético caso de volver a tenerlo enfrente, estático, cambiándo la dirección de la mirada a cada parpadeo, y cada dos o tres de estos, redireccionar su luz hacia mi, y sonreír.
Creo que sabría hacerlo, pero temía que de tanto esperar ese momento, tan solo pudiera concentrarme en ese temblar de piernas que tu me provocas, el morder mi labio, acariciarme el pelo, y esa sonrisilla tonta que ni la canción más lenta me arrebata.
domingo, 7 de septiembre de 2014
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