No me gusta la palabra Despedida, ni lo que con ella se lleva. Lo fría y vacía que suena. Lo frío y vacío que deja.
Me agrada el invierno y lo que el trae. El calor de las personas, las botas altas y las sudaderas anchas. La piel muy pálida y los labios muy rojos, perfilados, marcando el comienzo del deseo de aquellos hombres que los miran por la calle, o destacando la añoranza de dejar en su cuello la marca de carmín de la que siempre se quejaba.
Me gustan las despedidas a corto plazo, en invierno, cuando ese abrazo te deja su olor en tu ancha sudadera, y tapa la mancha de carmín con su bufanda, buscando la forma de retenerla ahí, intentando hacer física la cicatriz del corazón que nunca pudo cerrar.
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